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DesHoras

 

Marta Rosa Mutti

Cómplices

Te vas de casa y sin acercarte me saludás con una sonrisa.
Los ojos a los que miro porque la boca, dice, —estoy agotada, el trabajo, el malhumor de la gente, están afuera con vos en ese otro espacio. Junto a otras voces. Las de ese mundo en el que ganaste un lugar y cada vez te pide un poquito más y también te quita, te resta, como con aquella sensación de extrañeza cuando aprendimos por primera vez a restar. Esta vez, te resta de vos, de nosotros y de las tantas cosas que planeamos e hicimos.
Te vas con tu perfume y estarás haciendo volver las miradas que seguirán tus pasos y el movimiento volátil, ligero de tu cuerpo tan tuyo. Eso lo entendí desde el primer día que hicimos el amor.
Te digo chau con la mano cuando antes de doblar en la esquina mirás hacia atrás por un segundo. Como si ambos pre anunciáramos otros saludos sin tiempo para compartir un desayuno. Sin comentarios para la cena, en el camino de la vuelta a casa de ambos, algo se los comió. Sin ese entusiasmo para la salida o quizás la simple compra de provisiones el fin de semana.
Me queda tu perfume que se vuelve cómplice, al que sigo en el aire de la casa y te trae de regreso mientras le cuento lo que pasa.
Que sí, lo sé, estás viviendo otro amor. Nada más apareció y ocurrió eso de la risa espontánea por cualquier cosa. El hablar de uno, de lo que hizo y lo que no. El no inquietarse porque ese otro no tiene apuro y está ahí nada más que para cada palabra que decís, y claro para mirarte de esa forma cómo si estuviera copiándote la boca al detalle para dibujarla y quedándose en tus ojos, ahí esperando.
Pero ¿cómo lo sé? Alcanza con vernos desde afuera.
El silencio entre nosotros cruje o se interrumpe como un anuncio de noticias, en el que nos damos el parte diario. Gentiles, amables, pero por el momento pareciera que hasta allí llegamos. Sí, nos sentimos bien estando juntos si no fuera por el maldito silencio que aturde.
Y el todo bien cuando nada está bien después de los besos, los brazos y las piernas enlazadas, y nuestros cuerpos rendidos en la cama que todavía no son extraños a pesar de tu distancia porque cuando se encuentran y se reconocen.
Es probable que si te preguntara. Pero no, prefiero todavía, esperar.
¿Por qué? No puedo ahora responder a eso. Prefiero recordar que siempre soñabas conque eras una mariposa y hasta puedo imaginar que es cierto. Incluso soñar que en cualquier momento al pasar me rozarás con las alas y los dos volveremos. 

 

 

Marta Rosa Mutti

La casa

Mientras abran los jazmines habitaremos una casa aromada. Tu cabeza reposará ligera junto a mi brazo en la almohada. La penumbra blanca nos dejará su rocío sobre los párpados. En los labios el tiempo dirá una necesidad que nos ha sido dada.
Más adelante el estío irá sembrando lo que huye de la piel. La casa dejará escapar el perfume. La poblarán magos, mariposas, mazapán, muérdago, misterio, mares, más mismos. Esas cosas que entienden los sabios y los niños. Vos y yo, todavía podemos tentar a los días, ¿quién sabe? siempre se puede recurrir a un hechizo. Porque será otra estación en la penumbra blanca de la casa y nos abrazará la noche sin jazmines, a menos que guardemos uno.
Elegiremos el más blanco, cuando se ponen amarillos, no guardan perfume.

 

Marta Rosa Mutti

Misteriosa Pasajera

Hay alguien, muchos, que esperan un cuerpo que desean. Colinas, llanos, ríos y por supuesto ese mar que desata tormentas de fuego y lleva al infinito.
Hay otros en cambio que buscan el hueco de un par de brazos donde perder los miedos.
O aquél que toma una mano para apoyo y consuelo. Pero no, nada de esto tiene que ver contigo, misteriosa pasajera que no puede hacer el amor.
Solo conocés el color de las sombras y no tenés el gozo de los sentidos. Y por decirte algo, ¿sabés de ansias que no se rinden?, claro que no. No creés en esas cosas.
Tampoco en las palabras que dejamos correr porque alguien se interesa, aunque solo sea por un segundo, claro que vos no decís ni una porque hacen falta muchos sentimientos, y vos no conocés creo, solo uno. 
Pero cuando te presiento o te cruzás por algún pensamiento, se me hacen presentes tus caminos, como que no tenés sonrisa, por ejemplo.
Esa debe ser tu punto débil, hasta le darías tu alma al Diablo por reír, pero sospecho que él no la quiere. Y se me ocurre que, aunque nadie lo creería que vos también tenés miedo, que buscas abrigo, que sentís frío y por eso te escondés y aparecés de golpe o en puntillas, según el día.
Cuando vengas a buscarme ¿te gustaría intentar un beso?, lo suelto en el aire así no te comprometo o te doy tiempo a decidir, por ahí cambiás. Después de todo, con algo se empieza y para el caso conmigo ya habrás terminado por más que te quiera convencer de lo contrario porque hay cosas que podés perderte y al Diablo…  después de todo, ¡mándalo al infierno!

 

Marta Rosa Mutti

Como alas mojadas

Escribo para que las palabras me revelen lo que no sé de mí...

 

Suele pasar por las tardes. Cierto desasosiego te invade. Abres la puerta, para esperar el claroscuro, o la lluvia.
Dejas atrás el silencio. Es una desazón que te asalta fuera de cronograma y quiebra tu indiferencia.
Husmeas el hechizo violeta, añil, carmesí, que ha pasado de claroscuro a nocturno, y se ha instalado en tus sentidos con promesas. La habitación llena de ti permanece muda.
Buscas refugio en el aire de la tarde noche que apaga colores y enciende luces. Tus ojos van de un lado a otro, no dejan de mirar.
A tus espaldas tu cuarto desvestido de rumores deja escapar una sonrisa desde un cuadrado con marco de acrílico. Tus pies eligen la calle. Cruzas la plaza, miras hacia el árbol de raíces gruesas, manos y pies sarmentosos. Debajo de él gentes se apilan bajo un nylon entre trastos y papeles. Te preguntas si destiñen mentiras. En un rincón, de una lata saltan lenguas de fuego. Alrededor todos arman un círculo y se dejan arropar por el calor. Los ojos redondos brillan como piedras de un tesoro. Los cuerpos se regocijan con la ternura de la tibieza. Descubres que ese instante es mágico y no tiene precio. Los abandonas, caminas hasta un café y te acomodas en una mesa junto a la ventana. Una muchacha se detiene en la vidriera, te mira y hace un mohín con sus labios. Leve, mueves tu cabeza, la invitas. Entra y se sienta. Toma tus manos que estaban sueltas sobre la mesa como alas mojadas. Ese contacto aleja los miedos y vos, empezás a reír a carcajadas. Tanto que la ciudad se contagia. Muchas puertas se abren, y otros como vos, son libres, aunque los empujen, tropiecen, caigan, o maten.

 

 

 

Esto que pasa entre los dos

 

Una lluvia helada moja cada centímetro de mi piel. Mi sonrisa que se ha vuelto un fantasma quiere saber y al mismo tiempo pide que no lo digas. Parado sobre el hielo de tu mirada me quedo solo, aunque un mundo de gente ría, hable, o respire a nuestro alrededor.
Escucho que me dices adiós, justo cuando comienzo a entender de qué se trata esto que pasa entre los dos.
Inmóvil veo cómo te marchas por la calle arbolada.
Anochece y a mí se me hace que estoy desnudo y descalzo en medio de una calle que como nunca; está vacía.

 


 

Gatos y lluvia

 

Vivo debajo de un puente y cuando llueve el viento deja que la lluvia moje mis silencios. Entonces tiemblo, ella me abraza y nos vamos a caminar por callecitas angostas de tiempos y prisas sin aliento.
Algunas son de barro y entre patinazo y patinazo para no perder el equilibrio me apoyo en las puertas o ventanas de las casas que a uno y otro lado de la calle me miran pasar.
A veces sin querer mis manos dan un golpe fuerte y se asoma una cara. —¿Hija?, — pregunta. —¿No la conozco, váyase?, se contesta antes de que yo pueda decir algo.
En una de las tantas y apretadas puertas, un chico espera que su madre vuelva del trabajo. Los ojos me miran con despecho, su boca se incendia y arremete:

 —¿Qué buscás? Mi mamá no está, tampoco mi papá, abortá, le dijo y ella lo echó, ¿para qué lo queremos?, así estamos bien.
Sigo de largo sin decir una palabra.
—¿Sos Andrea?, —me pregunta una mujer a la que la lluvia le lava la cara y me muestra que es un poco más que una nena, y sigue, —dijo que traías plata, no me salgas con un par de celulares, plata, o nada.
Pero no soy Andrea y la dejo atrás y salgo del barro. La calle ahora es empedrada, no patino, resbalo, puedo limpiarme un poco.
Miro las casas, veo dos gatos de color, pequeñitos y sin dueño que han dejado en un jardín. Me quedo junto a ellos, se arriman, piden cariño.
La lluvia me abraza. Pierdo el aliento. El mundo se encierra en el puño de una mano. Abro mi abrigo, acomodo a los gatos y van conmigo, a ellos les cuesta encontrar un hogar, como a mí. Esta vez como en los cuentos será distinto. Iré a buscarte. Me harás pasar, los pondré entre tus manos, les serviremos un plato con leche tibia y secaré mi ropa mientras preparas un tazón de sopa caliente que tomaré despacio.
Cuando oscurezca atrasaré el reloj para que las doce lleguen más tarde. Te contaré que me llamo Clara y hasta hace un rato vivía debajo de un puente. Ahora que estoy en tu casa al abrigo hasta podemos ensayar un baile. Y si me proponés quedarme no hará falta que huya. No perderé el zapato porque no tengo, no me espera ningún carruaje. Los gatos no molestarán, buscaban un dueño.
¿Mirá?, jugás con ellos. ¿y sabes?, hasta podemos dejar de buscar los umbrales y dar vueltas inventando un refugio.

 

 

 

Después de toda una vida

La dejé pasar por rabia. Porque no podía soportar que riera con las ocurrencias de otros, o cuando hacía una compra y hablaba con el vendedor. De haber conversado hubiéramos intimado. Sé que a pesar de no decirlo estábamos enamorados. Si lo hubiéramos hecho me habría condenado al insomnio pensando en las miradas de otros hombres sobre su cuerpo o peor, asomados a su alma de mujer. Partí porque no podía separar el deseo del amor. Tuve mujer, hijos y toda una vida. Hoy llego a esta terminal de ómnibus, pero nadie me espera. Nadie me ve. Tampoco me conoce. Soy solo un hombre más de paso que ha llegado y que luego se irá. Miro a este pueblo con sus calles más de arena que de cemento que no he olvidado. De casas serenas, largas siestas y negocios abarrotados de objetos y colores que esperan por quién los elija y los lleve hacia otro destino. Sé que hay varias plazas, pero una es la especial. Esa es la que busco. Con sombra de pinos, bancos de hierro y madera bordeando los caminos de laja que cruzan entre la mullida pinocha que cobija el andar. Enfrente la estación de bomberos. Un poco más allá una panadería que llena de delicias el aire que se carga de miedos cuando las sirenas ululan. Y al otro lado descubro los ventanales de la biblioteca. Por fin mis ojos vuelven a los espacios, los senderos, los juegos mientras apuro el paso que sigue a mi corazón. La atravieso en diagonal como lo hacíamos. Llego al cruce de las tres calles, avanzo hacia la esquina donde está la casa con jardín al frente tras el bajo muro de cemento gris. Busco al jazmín que ya no está. El perfume de sus flores blancas y carnosas. La puerta baja de maderas verdes es la misma. Ha comenzado a oscurecer, es tarde y ella ya no está. Se ha levantado viento, viene del mar. Tiene fuerza. Vuelvo sobre mis pasos.
Atrás la puerta se mueve en un vaivén.

 

 

Sin Saldos

Tu amor es un cielo que solo está ahí para acompañar mis pasos y escucharlos. Soñar junto a mis sueños. Compartir delirios. Caminar lágrimas. Provocar sonrisas.
Tu amor es sin explicaciones, sin saldos ni pagos a cuenta. Vos conmigo. Yo con vos…

 

 

Marta Rosa Mutti

 

Intermitencias

 

1

Dejo salir al otro y al otro… busco una identidad… Error… la pantalla lo señala varias.

 

2

Los lenguajes no dicen lo que las lenguas quieren decir, sino lo que conviene.

 

3

Paisajes de un universo alternativo es lo que creemos que existe.
Turbaciones irresistibles como la pesadilla, la zozobra… el deseo compulsivo, la vanidad, no escuchar al otro, verlo sin mirarlo, anidar solo en lo que nos pasa a cada uno, mantienen despierta a la ansiedad que para no estar sola anda siempre con la angustia.

 

4

Más allá del bien y del mal, la omnipotencia en un mundo donde no rige la razón.

 

5

Todo es posible creemos creer, armar el sueño y no salir a buscarlo.

 

6

Dejar la pulsión entre Eros y Tantos a la deriva. No tomar el compromiso de llevar el timón.

 

7

Arrebatar para atrapar la cima. Caer tras el empujón del que viene detrás. O…Perder para ganar.

 

 

Marta Rosa Mutti

Como es la cosa

Dale a los recuerdos y añoranzas de lo que pasó, un lugar y a lo que esperás del futuro; otro. (...yo al menos lo intento...)
De tanto en tanto, si vienen ganas, los repasás un poco. Lo que pasó traerá nostalgia, tristeza, pero no te permitas el rencor, ese te mata.
 Y si querés imaginar el futuro...hum...dudoso, como el clima en el mes de septiembre...Diría  como consuelo ir a una sesión de Tarot...por alguna pista, al menos puede resultar entretenido...igual dudoso...o comerte algo rico, seguro olvidás en qué estabas...pero tiene que ser muuyyy rico.
¿Sabés?...El tránsito mejor y más valioso que se tiene...y hasta puede ser el único, es este presente. Hoy...
Todo el espacio, el aire, el impulso de nuestro tiempo,  es para cada instante de ese presente que tiene Sís y Nos. (y nos olvidamos a cada rato...uf)
Los Sís son tan pero tan lindos, simples, livianos, que por distraídos muchas veces nos damos cuenta cuando se terminan...
Los Nos, son molestos, que hasta paralizan a veces.
También los No...dejan de ser No, cuando se pierde un poco el miedo a...bueno...a lo que viene...que se yo...
Pero eso es más fácil de arreglar que perder los Sí.
Él No, se parece a cuando te caés...Es un raspón...duele, molesta y más...
Cuando pasa,  enderezarse es lo mejor.
Por ahí nos apoyamos en algo, no siempre encontramos en qué...pero está bueno mirar por las dudas si hay...y si no... igual  levantarse.
Nos sacudimos un poco, acomodamos la ropa, pasamos una mano por la cabeza para parecer menos trastornados, acabados, liquidados...o cómo cada uno salió del golpe... Pero no aflojes...
Seguimos...
Sí. Siempre seguir...
Tomás aire, mirás el cielo, escuchás los ruidos, el silencio, a los que pasan al lado, y cómo pasan, (esto por ahora no cuesta nada). Para eso  solo por un rato olvidate del celular... O, que ya fuiste a tres mercados, a ver cuál tenía los huevos a mejor precio...por ejemplo.  
Pensá que todavía, durante y siempre... podemos sacar del bolsillo una sonrisa. Soltar un chau, un hola...dejar escapar alguna lágrima, acomodar una esperanza, armar un proyecto. ¿Qué loco no?...pero empezás a estar un poquito bien... (poquitito...pero es mucho) (Esto todavía no se paga...acordate, hay que aprovechar)
Y hay más todavía...si seguís, adelante seguro en una curva aparece un conejo, un gato, un pajarito, un perro, o alguien que entendió como vos y yo: como es la cosa y elige acompañarnos.
Síiii... Como es la cosa...porque  todos... vivimos esas cosas...
Después de todo.

 

 

Marta Rosa Mutti

Alguien escribe…

Alguien escribe

Alguien sabe, que puede ver salir del corazón de una rosa blanca, a un pájaro.

Alguien piensa, que la luna se viste de seda y reposa sobre una almohada.  Encuentros impensados entre la nada y el principio. La orilla propia y de los otros que somos y nos habitan. Vislumbres que el ser transita. Espacios, que agota, para explicar su tiempo entre nacer y morir. Momentos para tempestades, calmas y sensaciones.

Un andar  los días y las noches reconociéndose en un destino marcado por horas secretas, en las que lo oculto descubre su faz y se pone al alcance de la mirada.

Horas en las que las palabras corren sobre curvas, líneas, puntos, comas y las presencias hilan sus tramas ya en la poesía, ya en la ficción.

Ideas que después de todas las esperas nos invitan a compartir sus momentos entre vaguedades y sueños donde podremos amar, huir, anidar ocasos, quizá reinventar amaneceres de soles nocturnos.

Hechizos de horas secretas, donde bastará con entrecerrar los ojos para que naturalmente comencemos a  transitar espacios e inaugurar rumbos, en los que nuestras voces  arropen a la angustia con palabras escritas sobre un papel  para reinventar la vida.

 

 

Benjamin Koria

Ese alguien que todos llevamos oculto

Ese alguien que todos llevamos oculto

La vida luce sus orillas cuando la poesía palabra a palabra la invita a caminar frente a los ojos de su mundo y le enseña a hablar más allá de todo lenguaje, tanto que hasta las ventanas abandonadas se encienden. Entonces la vida mira y se deja mirar hasta transformarse en ese alguien – algo imaginario que nos sube a un par de alas, nos devuelve las certezas y nos permite medir los tiempos.
Ni más ni menos que crear aquello donde nos reconocemos como efecto y pertenecemos como causa.

 

Marta Rosa Mutti

La palabra… el escritor… escribir… el libro

La palabra... el escritor... escribir... el  libro

La simbolización de una palabra remite a significados infinitos,  propios de la vida misma cuya profundidad se define a través del peso que se le otorga.

Es la puesta en evidencia de lo que dicen las ausencias,  los silencios, sus murmullos y gritos mudos.

El escritor navega las aguas de estos mundos que conforman apenas y tanto como la vida y la muerte  a fin de gestar las historias, sus pasiones, desvelos y glorias. El acto de escribir remite pues a la génesis, misma de ser.  Parte de una pulsión, una necesidad imperiosa, urgente e impostergable de transpolar en idea  la emoción, el sentimiento,  la observación y análisis de todo lo que nos conforma y de todo lo que nos rodea.

 Porque  de eso se trata vivir, de la huella que se fija y al hombre le impele dejar registro de sus pasos.

 He aquí lo trascendente del acto de la escritura, y del que elige escribir, o es elegido por los hilos de este arte, disciplina, profesión y sin dudas pasión.  Pero nada de lo expuesto tendría sentido  si las historias, poesías, tiempos imaginarios, realidades fantásticas, crudas, siniestras y tantos  otros aspectos que no menciono; no tuvieran un lugar dónde habitar expresando lo percibido y descubierto de modo individual  o general. Y ese lugar es precisamente el libro.

 Una compañía que no condiciona.

 Un torrente de sentidos que no se puede detener.

 La puerta de entrada  a todos los lugares de este mundo y de otros infinitos donde no hay contradicción sino transformación, asociación e identificación que laten por fuera de la anécdota o el verso porque conforman una revelación que dice: nada es igual, nada permanece intacto, todo está sujeto a un irreversible proceso de evolución.

Ello supone transitar espacios de cambios en los que la literatura funciona como conductora y conectora y el libro es su casa, su techo, su abrigo. Un navío en el que viaja el hombre y sus universos.

Puede suceder que nos pongamos a escribir una historia luego de soñarla, o de descubrir su punta en el intersticio de nuestros actos cotidianos o en los de cualquiera. Un episodio intrascendente que dispare la idea. Y aquí, dará comienzo la tarea.

Toda obra debe ser el producto de un bosquejo definido y calculado de los matices del pensamiento y de la imaginación. Un entretejido que nos pasee por la superficie y simultáneamente nos lleve hacia el fondo de la trama porque allí, espera la epifanía

.

 

 

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