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ESPIRALES DE LA FICCIÓN

 

El cuerpo del Poema (1)

Un poeta escribe y muestra lo no mirado. Su poesía habla y calla porque en ella la palabra suelta la voz. Dice lo que se ignora, lo que se pierde, lo que se recuerda y delinea;  el entre - medio de la vida. La hendidura entre origen, destino y encuentro.

Roberto Juarroz

Roberto Juarroz

Una poesía diferente. Un lenguaje de comienzos y finales, pero en cada momento, en cada cosa. Vértigo hacia abajo y hacia arriba, cada poema se convierte en una presencia que configura ese doble movimiento, esa polaridad que define la palabra del hombre, cuando esa palabra no se detiene ante los límites convencionales.

La poesía de Roberto Juarroz constituye una experiencia creadora inconfundible. Su singularidad trasciende las fronteras idiomáticas,  y sigue al devenir del hombre. Su vigencia en dentro del actual panorama de la poesía lo demuestra.
Un título único para sus libros: Poesía Vertical, con sólo el agregado de un ordinal en los volúmenes subsiguientes, contribuye a perfilar  la transparencia y el despojamiento de lo exclusivamente retórico, en una obra exigente donde la estructura de los poemas son núcleos de una trasmisión trascendente identificados tan sólo con un número.

 

 

Extraído de Duodécima Poesía Vertical, Ediciones Carlos Lohlé,
Buenos Aires, 1991.

 

Título Poesía Vertical ( 1 a 16)

1
Sacar la palabra del lugar de la palabra
y ponerla en el sitio de aquello que no habla:
los tiempos agotados,
las esperas sin nombre,
las armonías que nunca se consuman,
las vigencias desdeñadas,
las corrientes en suspenso.

Lograr que la palabra adopte
el licor olvidado
de lo que no es palabra,
sino expectante mutismo
al borde del silencio,
en el contorno de la rosa,
en el atrás sin sueño de los pájaros,
en la sombra casi hueca del hombre.

Y así sumado el mundo,
abrir el espacio novísimo
donde la palabra no sea simplemente
un signo para hablar
sino también para callar,
canal puro del ser,
forma para decir o no decir,
con el sentido a cuestas
como un dios a la espalda.

Quizá el revés de un dios,
quizá su negativo.
O tal vez su modelo.

2

Interrumpir todos los discursos,
todos los esqueletos verbales,
e infiltrar en el corte
la llama que no cesa.

Empezar el discurso del incendio,
un incendio que inflame
estas rastreras chispas malolientes
que saltan porque sí,
al compás de los vientos.

Y entretanto sellar la incontinencia
del verbo del poder y sus secuelas.
La palabra del hombre no es un orden:
la palabra del hombre es el abismo.

El abismo,
que arde como un bosque:
un bosque que al arder se regenera.

3

Periódicamente,
es necesario pasar lista a las cosas,
comprobar otra vez su presencia.
Hay que saber
si todavía están allí los árboles,
si los pájaros y las flores
continúan su torneo inverosímil,
si las claridades escondidas
siguen suministrando la raíz de la luz,
si los vecinos del hombre
se acuerdan aún del hombre,
si dios ha cedido
su espacio a un reemplazante,
si tu nombre es tu nombre
o es ya el mío,
si el hombre completó su aprendizaje
de verse desde afuera.

Y al pasar lista
es preciso evitar un engaño:
ninguna cosa puede nombrar a otra.
Nada debe reemplazar a lo ausente.

4

Todo viene de lejos.
Y sigue estando lejos.
¿Pero lejos de qué?
De algo que está lejos.
Mi mano me hace señas
desde otro universo.

5

Ciertas luces apagadas
iluminan más
que las luces encendidas.

Hay lugares donde no es preciso
que algo esté encendido para que alumbre.
Pero además hay cosas
que se aclaran mejor con las luces apagadas,
como algunos estratos oblicuos del hombre
o algunos rincones que se instalan subrepticiamente
en los espacios más abiertos.

Y hay también una intemperie de la luz,
una zona despojada y ecuánime
donde ya no hay diferencia
entre las luces encendidas
y las luces apagadas.

6

Hay fragmentos de palabras
adentro de todas las cosas,
como restos de una antigua siembra.

Para poder hallarlos
es preciso recuperar el balbuceo
del comienzo o el fin.
Y desde el olvido de los nombres
aprender otra vez a deletrear las palabras,
pero desde atrás de las letras.

Quizá descubramos entonces
que no es necesario completar esos fragmentos,
porque cada uno es una palabra entera,
una palabra de un lenguaje olvidado.

Y hasta es posible que encontremos en cada cosa
un texto completo,
un reservado y protegido texto
que no es preciso leer para entender.

7

El poema convoca al humo
para encender la lámpara.

Los fuegos apagados
son el mejor combustible
para los nuevos fuegos.

La llama sólo se enciende
con su pasado.

8

Dibujaba ventanas en todas partes.
En los muros demasiado altos,
en los muros demasiado bajos,
en las paredes obtusas, en los rincones,
en el aire y hasta en los techos.

Dibujaba ventanas como si dibujara pájaros.
En el piso, en las noches,
en las miradas palpablemente sordas,
en los alrededores de la muerte,
en las tumbas, los árboles.

Dibujaba ventanas hasta en las puertas.
Pero nunca dibujó una puerta.
No quería entrar ni salir.
Sabía que no se puede.
Solamente quería ver: ver.

Dibujaba ventanas.
En todas partes.

9

Más tarde o más temprano
hay que poner la mano sobre el fuego.

Tal vez pueda la mano
aprender antes a ser llama
o quizá persuadir a la llama
para que tome la forma de una mano.

Y si fallaran ambas cosas,
tal vez puedan la mano y la llama
resolverse en los átomos ya libres
de una distinta claridad.

O quizá simplemente
calentar un poco más el universo.

10

¿Cuántas formas de visión
se han abierto en nosotros?
Sabíamos que una sola no basta
y casi sin sentirlo
hemos ido incorporando nuevas ópticas,
insólitas retinas,
a esa ruda ecuación
de ver, ser y pasar.

Y ahora ni siquiera sabemos
con qué ojos vemos lo que vemos.
Ni sabemos tampoco
si aún somos nosotros los que vemos.

11

Invertir los signos de la fiesta,
como lo haría un monje loco
que sólo puede orar con la cruz al revés
o poniéndose a sí mismo
con la cabeza hacia abajo.

Que la fiesta comience
con la muerte en la punta de los dedos
y el abismo enredándose en las piernas,
con la luna convertida en esponja
para absorber el cielo
y la luz en escoba
para barrer la tierra.
Que el sueño se transforme en sustancia,
la vejez en victoria
y tu ausencia portátil en presencia.
Y sembrar al voleo la identidad de los rincones
como si se encendiera la primera luz
con el pabilo de la noche.

Hay que invertir los signos de la fiesta,
romper la malla estrafalaria
del juego que nos ciñe
y saltar hacia otro juego más abierto.

Hay que hallar más mirada en los ojos
o fuera de los ojos
y descubrir por fin la fiesta prometida.
para Antonio Ramos Rosa

12

El error que comete una cosa
al caer de tus manos,
la absurda equivocación de una hoja
al no caer sobre la tierra,
la confusión de un aroma
que emigra de una flor
y se va a perfumar un pensamiento,
no deben atribuirse
a sus modales inexpertos
sino al defecto fundamental que el azar distribuye
como una noche quebrada
por el apocalipsis encubierto de los días.

Esta concreta conspiración del desacierto
indica que la historia aún no ha empezado
y el hombre sólo registra en sus anales
inciertos simulacros de antihistoria.

Tan sólo una imaginación regenerada
que trace los movimientos del regreso,
del perfume a la flor,
de las hojas al árbol,
de una cosa a tu mano,
del azar al azar,
de la noche a la noche,
puede iniciar la historia verdadera.

El mundo está repleto
de anodinos fantasmas.
Hay que hallar los fantasmas esenciales.

13

Hay un momento
en que uno se libera de su biografía
y abandona entonces esa sombra agobiante,
esa simulación que es el pasado.

Ya no hay que servir más
la angosta fórmula de uno mismo,
ni seguir ensayando sus conquistas,
ni plañir en las bifurcaciones.

Abandonar la propia biografía
y no reconocer los propios datos,
es aliviar la carga para el viaje.

Y es como colgar en la pared un marco vacío
para que ningún paisaje se agote al fijarse.

14

Callar algunos poemas,
no traducirlos del silencio,
no vestir sus figuras,
no llegar ni siquiera a formarlas:
dejar que se concentren como pájaros inmóviles.
en la rama enterrada.

Solo así brotarán otros poemas.
Solo así la sangre se abre paso.
Solo así la visión que nos enciende
se multiplicará como los panes.

Los poemas acallados
nos prueban que el milagro es siempre joven.
Y al final, cuando todo enmudezca,
tal vez esos poemas
hagan surgir también otro poema.

15

Buscar una cosa
es siempre encontrar otra.
Así, para hallar algo,
hay que buscar lo que no es.

Buscar al pájaro para encontrar a la rosa,
buscar al amor para hallar el exilio,
buscar la nada para descubrir un hombre,
ir hacia atrás para ir hacia adelante.

La clave del camino,
más que en sus bifurcaciones,
su sospechoso comienzo
o su dudoso final,
está en el cáustico humor
de su doble sentido.

Siempre se llega,
pero a otra parte.

Todo pasa.
Pero a la inversa.

16

Cuando carezco de luz,
la luz me parece imposible.

Cuando quedo afuera del poema,
el poema me parece imposible.

Cuando dejo de mirarte,
tú me pareces imposible.

Cuando pierda la vida,
la vida me parecerá imposible.

Y si pudiera no pensar,
pensar me parecería imposible.

Desde afuera de una cosa,
esa cosa es imposible.

Y desde afuera de todo,
todo es imposible.

Pero hay una excepción:
desde adentro de mí,
yo también soy imposible.

 

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