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Del cuento y sus aledaños

 

Aroma

- Cuentos -

Obra de Tapa: Malvina D´Angelo

 

 

Un barco de papel. Una música de organillo que viene desde la infancia.
Un momento que importa por la sorpresa fugaz. Una puerta de cristal por dónde traspasar el orden de los signos de lo absurdo. Aromas que nos acompañan .
Cuentos que siguen la realidad con la inmediatez de la fantasía, como un barco de papel que navega por páginas blancas. Tan simple y tan concreto como un punto de sol y sombra fluyendo hacia el lago entrecerrado y secreto de la imaginación.

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Desayuno a solas

Tus nudillos no sonaron en mi puerta.
Tampoco me avisaste que te ibas.
Tu voz oliendo a tostadas y dulce casero
no me despertó. Sólo te fuiste
acallando historias, apagando luceros.

Le pareció que golpeaban y abrió la puerta.
Estaba todo tan quieto como una mañana de domingo o de paro general o de duelo o de las de antes. Recogió el diario que ya estaba sobre el cantero de alegrías del hogar blancas, "traen buena suerte", había dicho la abuela del puesto de flores de la otra cuadra, el día que llegaron al barrio. Y claro compraron varias.
Laura ya estaba levantada pero no lo había llamado, extraño, pensó.
Él solía despertar unos segundos antes de que la alarma del aparato arremetiera y apretaba el botón justo a tiempo. Ganarle de mano era una buena forma de comenzar la mañana. Aún no estaba del todo despierto y finalmente no sabía que había pasado.
Se dirigió a la cocina, seguramente estaría preparando el desayuno. Ni una hornalla encendida.
Laura sentada se limaba las uñas sobre la mesa. Ni siquiera volteó la cabeza para saludarlo. Como todas las mañanas, la radio estaba encendida. Hasta que no escuchaba el informe meteorológico, no se vestía. ¡Maldita costumbre! Como si el clima no cambiara varias veces durante el día. Él prefería el silencio cariñoso del diario.
Parado en medio de la cocina con el diario aprisionado en una mano, no se decidía. Llevó la otra mano hacia la nuca y removió un par de veces sus cabellos. El volumen de la radio lo fastidiaba.

- ¿No sonó el despertador o te olvidaste de ponerlo en hora? - preguntó, sus palabras casi chocaron con la voz melodiosa del locutor.
Laura pareció no escucharlo, soltó un poco de aire y siguió con la cabeza inclinada sobre las manos. Estaba pintándose las uñas de rojo. Laura prefería los tonos claros, transparentes. Iván totalmente despabilado se quedó esperando, mirando, pensando.
Las manos libres de anillos se agitaron como mariposas. Laura las había terminado de pintar y soplaba sobre las uñas rojas.

-Ni una cosa ni otra -acabó por responder.

-No entiendo -dijo Iván que de pie en el mismo lugar de la cocina volvió a enrollar el diario que momentos antes había estirado y entonces lo puso girar. De golpe lo detuvo, fijó los ojos en el cielorraso blanco de la cocina y volvió a preguntar:

- ¿Lo pusiste o no?

Ella se puso de pie, guardó en una caja, que contenía esmaltes de colores tenues, el frasco rojo y dijo:

- ¿Cuál es la diferencia? - le dio la espalda y se marchó de la cocina terminando así el asunto.

- ¡Laura, no desayunamos!- insistió Iván siguiéndola por el corredor.

-Yo ya desayuné y para vos es tarde. - respondió ella sin darse vuelta.

-Por favor, Laura, ¿qué está pasando?

-Que no puse el despertador. Que no lo escuché. Que no se me dio la gana -contestó como si nada con voz monocorde, ausente. A Iván le palpitaron las sienes, estaba poniéndose verdaderamente molesto.

-Me querés poner loco y no es el momento -arremetió

Laura lo enfrentó: - ¿Alguna vez lo ha sido?, ¿no sería conveniente que te fueras a duchar?... estás retrasado - concluyó estirando la voz en las últimas palabras. De pronto, Iván estaba frente a algo que no sabía como manejar. Todo, todo, empezando por el despertador estaba de cabeza y en un rato con seguridad tendría aquellas jaquecas interminables.
Arrojó el diario sobre un sillón, puso ambas manos en los bolsillos de la bata, anticipando una tregua o en señal de rendición y con la mejor cara que pudo propuso:

-Está bien, es hora de alternar. Mañana preparo el desayuno, te despierto con café y tostadas con dulce y hasta puedo leerte el informe meteorológico del diario, digo por lo de la vestimenta...

-Tarde… tarde… -contestó Laura con un cantito desde la habitación donde ya había acabado de vestirse. Iván quiso seguir hablando pero ella ya se iba. La siguió hasta la puerta ella se detuvo y se despidieron con un corto y apagado hasta luego. Él se quedó muy quieto viendo como se perdía calle abajo.
Es hermosa, pensó sin pensar, la amaba y había estado procediendo como un idiota independiente.

¿Por qué no respondió a su propuesta del desayuno? ¿Ya era tarde había contestado? ¿Y por qué era tarde? Miró la hora en el reloj pulsera. En efecto, lo era. Él nunca llegaba fuera de horario al estudio, o al sitio que fuese, pero hoy iba a ser diferente.
Abrió la heladera para tomar un vaso de leche aunque mas no fuera y le sorprendió verla atestada de comida preparada con carteles identificatorios. Abrió el freezer y lo mismo. Se dirigió a la habitación bebiendo a grandes sorbos. Allí se percató de que Laura se había levantado muy temprano porque todo guardaba un orden más estricto que el de costumbre.

Él no era del tipo conversador, Laura sí, hablaba todo el tiempo ¿Con qué asunto había insistido últimamente? Maldijo el hábito de escuchar sin escuchar cuando le hablaba. Volvió a mirar su reloj pulsera; de golpe se le ocurrió que a él le encantaban los relojes y a ella los anillos con piedras aguamarinas.
Más de una vez había tenido que esperar mientras se probaba uno tras otro como si nada. ¿Total qué?: ninguno la convencía lo suficiente. Volvió a consultar la hora. Después de todo todavía no era tan tarde. Se dirigió al cuarto de baño, tomó una ducha, vistió ropas deportivas y salió. Podía no escuchar pero no era ciego. Dejó el auto y caminó despreocupado en medio de la multitud bajo un cielo celeste a pesar del smog, un sol más que tibio
lo acompañaba.

Laura se había retirado un poco antes de la oficina, pasó por una tienda de bolsos, compró un par de valijas livianas y las guardó en el baúl del automóvil que había estacionado en el subsuelo del edificio, subió al vehículo y después de andar un trecho se detuvo frente a una peluquería. Iván recorría las
joyerías de la ciudad.

Laura ya lista, se miró en el espejo que sostenía el peluquero. Consultó el reloj, aún faltaba algo más de una hora para que Iván regresara a casa. Tendría el tiempo necesario, había dejado todo preparado.

Iván salió del negocio e introdujo en el bolsillo la suave bolsita de terciopelo azul que contenía la caja pequeña, envuelta con papel brillante. Complacido imaginó las manos de Laura y recordó el cantero de alegrías blancas. Él prepararía el desayuno: café a punto, un toque de crema, tostadas, dulce casero y jugo de naranja recién exprimido. Puso la mano en el bolsillo, pasó los dedos por la tela suave y se sintió feliz.

La sorprendería al salir de la oficina. Sólo faltaba una hora para que saliera.
Aún faltaba una hora para que le propusiera matrimonio.

Las flores blancas del cantero la vieron pasar apurada, Abría la puerta cuando el teléfono comenzó a sonar. Demoró unos segundos, las llaves de la casa se habían enredado con las de la oficina. Por fin pudo entrar. Corrió al aparato, el cabello rubio se abrió como un abanico y rozó las cortinas rojas del living.
Levantó el tubo y su cara se transformó.

-No, no, imposible, está en el estudio.

- ¿Cómo dice? ¿Ropa deportiva? No, no imposible. Siempre usa traje. No, no lo vi. Hoy salí antes.

No supo cómo llegó al lugar. En sus ojos, habían empezado a levantarse imperceptibles paredes de cristal.

-El conductor del taxi, no tuvo la culpa, explicaron el policía y otras personas que estaban junto al hombre tirado boca arriba sobre el pavimento agrietado.

-Cruzó la calle como si estuviera caminando en medio de
una plaza.

Laura se arrodilló y abrazó a Iván sin decir ni una palabra. Las paredes de cristal se habían roto y casi no podía ver. Uno de los paramédicos se acercó con una bolsita azul, húmeda y manchada:

-La llevaba en una de las manos -dijo entregándosela.

Laura la tomó, extrajo del interior el envoltorio pequeño y brillante. Lo desarmó, abrió la caja y lloró sobre la piedra aguamarina y sobre la cara de Iván.

-Fue un golpe duro -alguien dijo.

Ellos están bajo otro cielo. Llevan un canasto repleto de loza. Laura de golpe tropieza de espaldas a la puerta, el canasto se inclina: Iván y algunos platos ruedan sobre un césped sin rasguños.
La risa de los dos llenan los huecos de la primera noche en la casa vacía.
Laura volando de fiebre en la madrugada. Las manos de Iván yendo y viniendo con paños frescos. Los dos eligiendo el lugar de cada mueble. Y de golpe este cielo insiste en bajar la noche con voces arenosas.

-A simple vista no hay nada, de todos modos lo vamos a internar.

-El desayuno, Laura… - Iván murmura y abre apenas los ojos.

-De ninguna manera -otra vez las voces ordenan, deciden:

-No va a desayunar amigo, ya es tarde para desayunos, ahora vamos a hacerle algunos estudios, después veremos.

Y bajo un cielo blanco sin voces que ordenan esta vez surge rápida la respuesta:

- Mañana, amor, mañana.

 

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