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Del cuento y sus aledaños

Fantasía Dormida

 

- Cuentos. Digitextos -

Obra de Tapa: Renate Levy

Escindir, empujar la puerta que sabemos entreabierta y avanzar. De eso tratan cada una de las ficciones que palabra a palabra se hilan en una cierta fantasía dormida que permanece a la espera de quien la anime.

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Dos nombres

Y sólo quedarán palabras en las piedras que contarán los actos…
Desde entonces cambian los escenarios y los actores y
hasta los nombres, pero el argumento suele repetirse.

La mañana en Nag Hammadi se abre aborrascada por un mar de nubes y grises. La niebla (hecho imposible para estos lugares) baja por detrás de la fronda de tamariscos y sicomoros y se pierde en las fuentes de los patios del jardín.
Él se ha marchado. Cuando pasó frente a los espejos algo lo negó en ellos. En la alcoba aún ronda la penumbra en medio del vaho de las vides del huerto, que desde las ventanas se animan al recinto real.
La dueña de casa no sabe si está despierta o no quiere estarlo. El esposo, después de mucho tiempo la ha amado con pasión y luego cuando descansaba la ha vuelto a amar. Pero esta vez, ha sido casi un espasmo en un abismo salvaje y encendido. Los brazos de un volcán y la aspereza de su lengua en medio de un cascabeleo vago, sibilante, continuo. En la noche sin luna y lámparas apagadas, la oscuridad lleva puesto cierto fulgor que exacerba las dimensiones y la mujer finalmente arde junto a un esposo que se muestra insaciable.
Bajo un cielo descabezado de estrellas y luna, nace un niño. Con el primer llanto un temblor agita la tierra y el cielo azabache. Con tal acontecimiento nadie repara que en los espejos de la alcoba una figura sutil, un hálito intenta dibujar como lo hiciera aquella otra noche, un rastro. La mujer y su esposo sólo disfrutan el hijo, pasan los días y el pequeño Dídimo , que así su madre ha tenido en gusto llamarle, hace otro tanto. Es bueno que lo hagan porque no siempre será así.

Bajo un cielo blanco de estrellas y luna, los magos saben que han nacido. Ellos siguen la señal para adorar a uno.

Aquel día en Galilea, Herodes arranca la página del libro de las profecías frente a los ojos del Profeta y da la orden. Por todo el reino un horror inocente traspone los límites de la imaginación más abyecta. Fue entonces que los relámpagos abrieron el cielo y las gentes miraron hacia arriba con la esperanza secreta de ver por algún agujero a Dios, o a un ángel. Sólo se oyó la lluvia y llovió a cántaros.

La mujer yace en la cueva arrebujada y el niño en la telaraña de sus brazos. Su compañero, ha tapado con piedras la entrada, por un resquicio con ojos entre rojos y amarillentos escruta el paisaje espectral, con la desesperación de no saber qué hacer y la necesidad de hacer algo. Sin embargo está haciendo lo que debe hacer: guardar el sueño del hijo. Cuando lleguen los magos apenas comenzará a entender.

La mujer acaba de traer agua del río, y va a cocinar. No sabe cuándo hablar con aquel hijo que no se parece a los otros. Todos saben de aquella noche y callan. Fue una noche blanca, después, quedó encinta y aún no lo comprende del todo a pesar de las palabras del ser luminoso y de los magos. Dispone el alimento en los cuencos, es buena para el cálculo, sabe que el cereal no es suficiente. Da la espalda a la mesa para buscar la jarra, sin explicación todos los cuencos están llenos y tienen la misma cantidad de alimento.
Desde la puerta llama a la familia. Aquel hijo es el último en llegar. Los demás sentados aguardan expectantes la oración. El trabajo en el campo los tiene hambrientos. Los ojos lanzan reproches agudos. El hermano mayor por fin se ha ubicado, en silencio, comen.

-Madre, esta noche parto -dice en medio de la comida y mira hacia un punto donde el silencio corta.

- ¿Y el trabajo? ¿Y tus hermanos? -reprocha y suplica, la madre con ojos abiertos por la ilusión y el despojo.

-Es tiempo de que me vaya. -responde con rostro sereno como quien conoce el camino.

-Aguarda otro año, estarás más seguro.

- ¿Realmente crees que será así? -es la respuesta y un dolor vago corta el aire y la mujer asiente con los ojos velados por cierto pudor, y de pronto como si se preparara para una fiesta su voz se enciende:

-Iremos contigo, tus hermanos habrán de ser de utilidad.
-Todos lo serán, a todos necesitaré aún al que no está.

La madre no escuchó o no comprendió, a veces le pasaba con este hijo.

Después de varios días de festejos donde abundaron los combates hasta la muerte, los bailes sensuales, las mascaradas desorbitadas y banquetes opulentos, poetas, saltimbanquis y sexo, Dídimo partió debajo de un cielo blanco. El oráculo le había dicho que un rey de reinos lo aguardaba y él bien podía sacar provecho de este encuentro, bien podría aprender del otro rey o hacer otro reino para él. La madre queda temblando y el recuerdo, de aquella noche aflora en su corazón. La sacerdotisa había leído lo correcto en las vísceras del cordero sobre la oscuridad, dos la amaron, el que no mostró el espejo fue el que tuvo su vientre. Se hacen dolor y sangre las manos que se crispan y vuelve al espejo de su alcoba, como si buscara algo ahoga como tantas veces la tristeza. Despide para siempre al hombre y guarda la esperanza del hijo en las entrañas. ¿Qué mujer renunciaría a tal ilusión? Si conoces alguna, no te queda nada por entender.

Aquel mediodía después de llenar las redes de los pescadores, volvió junto a sus hermanos y a su madre que aguardaban en la costa. Un viajero ricamente ataviado, el rostro sudado y polvoriento, amable sin ser amistoso, afable sin tratar de parecer íntimo, se les unió.

- ¿Cómo te llamas? -preguntó el hermano mayor.

-Como quieran llamarme, he dejado todo atrás, hasta mi sombra.

-Eso es poco probable si no conoces tu destino.

-Te equivocas, es necesario provocarlo para conocerlo.

-Si ése es el motivo que te trajo hasta aquí, te daremos un nombre, te llamaremos Tomás.

-Pero he oído hace un rato llamar a uno de tu grupo del mismo modo…

-Hermano, mis ojos en los tuyos no se equivocan, mis ojos y los tuyos saben, más tarde te llamarás con otro nombre, pero sólo tú vales para mí más que cualquier nombre.

-Significa ¿que puedo permanecer contigo, seguirte? -inquirió el joven extranjero cuyo porte distinguido y su mirada intimidaban.

-El camino es de todos, está marcado para el que decida seguirlo -responde el hermano mayor. La madre ha seguido de cerca la escena y ve al hijo caminar sobre arenas movedizas. Mira hacia el cielo, quizá busca alguna señal pero el cielo hace lo que sabe, se desparrama límpido y brillante sobre las cabezas.
De algún modo todos debajo de él somos actores voluntarios imprescindibles o involuntarios prescindibles. Así que dejaremos a los acontecimientos, sucederse.
El extranjero y el hermano mayor se hicieron inseparables. Las gentes hablaban de cierto parecido. De ello trascendían emociones encontradas. Así la humildad, paciencia, serenidad, amor, caridad y la astucia, orgullo, egoísmo, y arrogancia como monedas echadas a rodar marcharon por los caminos junto a dos hombres empeñados cada uno en alcanzar el lugar y la hora apropiada.
Y fue precisamente en un festejo que toca la suerte del primero.

El vino resulta escaso, así que las mujeres mandan por más vasijas. Tomás exige ocuparse del asunto, va por él y demora. En la mesa hay reproches, miradas torvas. Los celos levantan paredes de ceniza, hasta lo llamaron con otro nombre, el que usa el hermano mayor cuando ambos dialogan hasta altas horas. Nunca faltan orejas para asir la nada mientras la vida escapa y ahora todos conocen el nombre, ahora todos saben. Unos pocos hasta se atreven a jugar con las letras de los nombres; que se parecen pero son diferentes.

Una niebla impensada se presenta en todo aquel lugar. Por encima de ella la voz sabia y serena del hermano mayor aquieta los aires y nadie se atreve a salir de la murmuración.

-Tomás ha hecho lo que estaba dispuesto.

Cuando la guardia irrumpió en el recinto, alguien dice haber visto al extranjero entrar en conversación con unos hombres y guardarse un bulto pequeño entre las ropas. El hermano mayor los silencia otra vez, gira la cabeza hacia Tomás y cruza con él la mirada. En una, luz. En la otra, sombra. En ambas, el dolor.
Dos fueron indispensables. Dos, cuyos nombres tienen sonidos de cinco letras. Dos nombres que comienzan con idéntica letra. Dos cielos elementales para un plan.
Uno murió una mañana en medio de nubes grises y un cielo partido en dos. El otro -dijeron- se suicidó una noche blanca de estrellas.
A los dos los cubrieron con sudarios diferentes, y en ambos se marcó el mismo rostro.

 

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