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Lluévete

por María Alejandra Acuña *

lgunos no siempre sabemos cómo gestionar la felicidad, y andamos ahogándonos con los suspiros.
Hemos aprendido que el pánico puede hacernos temblar el aire, y se nos congela el miedo en los pulmones, mientras los bronquios de bronca se agitan por no poder soltar la carga que llevan.
Y las palabras quieren ser dichas pero les pesa la duda, del digo y no digo, y se le atraviesa la tos en la calle del mejor no hablo, y sin encontrar semáforos en verdes, se detienen, por si algún día les nace el coraje de no creer en los aciertos y de no temerle a los errores, y largar el remolino de pensamientos que sin vientos giran alborotando la mente que late y debate en su mundo interno, rollos de películas con los mismos finales que de memoria conoce y relata sin cesar.
Por momentos no sabemos cómo ingerir todas las posibilidades que aparecen en la mesa de la vida, y hasta nos quedamos con hambre aunque el banquete abunde, y otras nos indigestamos con pocas cosas cuando percibimos no poder compartir el sabor de lo cotidiano con armonía.
Hay días que se presentan grandes caminos pero nos detenemos cuando las piernas dudan de nuestros propios pasos y en pausa quedamos, paralizando el instante para no seguir hacia esos lugares, y frenamos regulando la marcha con más de una forma de expresar el ancla en un presente continuo, y nos transformarnos en ese agotado tiempo cuando la inercia nos acuna la vida.
Por momentos sentimos que mucho podemos crear con nuestras manos y las batimos en el aire y hasta parecen alas en la alquimia del arte y del hacer, y todo se vuelve recurso que siembra en cualquier estación semillas de posibilidades disponibles que nacen y vuelven a nacer, en los jardines del si puedo y lo voy a intentar.
Pero otras veces no sabemos cómo coordinar esos movimientos y acechados por nuestros no, dejamos caer las manos a los costados del cuerpo, y quedan tendidas igual que la ropa del cordel que alguien olvida que dejo una vez y nadie se atrevió a juntar.
Cuando nos sobran las palabras que llegan, los oídos activan sus compuertas para qué deje de fluir la canción que no deseamos escuchar y hasta decimos no entiendo, renunciando a la realidad y preferimos ese silencio que nos hace ruido y sin hablar nos ensordece, y todo desaparece de ningún lugar.
Cuando los ojos ven demasiado claro distinguiendo a kilómetros oscuros fantasmas de indiferencias, se activan mecánicas persianas ciegas, y como dice el refrán de noche todos los gatos son pardos, entonces las sombras entre sombra se pierden y las ventanas se cierran sin mirar.
Otras veces dejamos que el contorno desborde los límites internos, haciendo posible que las membranas del sentir abran los poros diciéndole adiós a todas las vergüenzas y hola a tímidas caricias, entonces el entorno se vuelve aire en donde se huele pertenencia sintiéndonos cómodos con la presencia de nosotros y todo se vuelve fresco y natural, y dejamos de rascar nuestras emociones con molestia y nos permitimos sentir el lenguaje de la piel y la volvemos a escuchar, entonces le abrimos la puerta a nuestra existencia y la sacamos a pasear, y ya no nos pican las miradas que no podemos integrar, y dejan de dolernos los abrazos que no pudimos abrazar, porque sabemos que detrás de la esquina del perdón los volveremos a encontrar.
Pero todo absolutamente todo se vuelve mágico, cuando comprendemos el manantial que llevamos por dentro, y nos permitimos la catarsis, expresando todas las tormentas que guardamos, dejando que truenen, refucilen y hasta nos lluevan los ojos, sin miedo a que se nos inunden el ego o el orgullo por pretender mostrarnos fuertes, cuando lentamente nos quebramos por dentro, por no entender que fortaleza es aceptar nuestra vulnerabilidad.
Nunca se nos deshidratará el alma por permitirnos las tristezas, no hay lágrimas que no rieguen la experiencia y brotemos en medio de algunas resiliencias cuando nos permitimos sentir nuestra existencia mostrándonos humanos de verdad.
Dicen que en donde viven las sequías, es el mismo lugar en el que una vez murieron las lluvias cuando los cielos se olvidaron de llorar por demostrar ausentes alegrías.

 

...

* María Alejandra Acuña: Poeta, narradora. Psicóloga Social
...Escribir no es solo un camino para mí, es el paisaje que me despiertan los sueños. Hice muchas cosas en mi vida y una que jamás dejé de hacer, es contar en los poemas que estoy viva y con seguridad, moriré algún día entre algunos amigos renglones todavía por escribir; con una sonrisa diciéndole a las palabras: gracias, siempre gracias por existir…

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