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Goticos

 

Ángel Oscuro

por Marta Rosa Mutti

Jorge Soto - Angel Oscuro
Jorge Soto

Un ángel oscuro con aroma a rosas sabe que el miedo crea caos y la esperanza leyendas. Su mente guarda un vago resplandor, un recuerdo quizá de lo que él fue antes. La silueta de un hombre sobre una mesa, un florero y rosas volcadas sobre ella, una soga pasada por un tirante, cierto escozor en la garganta y ventanas que no conducen afuera a pesar de los barrotes rotos. Sea lo que fuere, el perfume con el que fue dotado, le valió la condena de una de las parcas. ¡Qué capricho de Dios!, era inconcebible. Ella podía cortar el hilo de la vida cuando se le diera en ganas, pero no poseer el delicioso aroma que emanaba de ese cuerpo negro y alado, al punto de ponerla ciega de envidia. No halló forma ni exorcismo para quitárselo. En los hombres es natural, tienen un olor para que se los distinga de los otros animales y seres vivos. Fuera de ellos ninguno de los creadores del universo e inframundo lo tiene. Por lo que él no podía poseer esta característica, además en él se tornaba escandaloso, provocador. Bastaba con que apareciera para que el cielo y el infierno, girara a su alrededor. Atropos, que así se llama la parca,  no estaba dispuesta a perder protagonismo y menos a que Cloto y Laquesis, sus hermanas, se dieran un banquete con sus burlas. A su paso, ella pulverizaba todo. Provocaba frío, espanto, agonía infinita, sudor,  dolor, pero nada tan inasible como ese maldito olor a rosas, por lo que decidió confinarlo como guardián de un alma de las tinieblas.  El ángel allí se dirigió. Sorprendió por su buena presencia y otro poco el perfume, pero con los demonios nada y todo vale. Dio un par de vueltas, subió y bajó examinando quejas y desventuras, hasta que distinguió a un muchacho que le resultó familiar y esto lo exasperó. No era posible ningún tipo de similitud, los mortales no alcanzan los rangos del infierno, a pesar de que en los últimos tiempos han roto los estándares de la bestialidad para generar desgracias al punto de que tendrán que rever el código de castigos y tormentos. Así que él se ocuparía de este sujeto.

Nuestro amigo debía retirar a la pequeña de un cumpleaños, en tanto dejaba pasar un poco de tiempo hasta que fuera la hora, entró en un bar. Una lluvia monocorde comenzó a caer. Cierta melancolía le recordó no sin alivio, que había dejado el alcohol. La caída de la tarde acompañada de una extraña oscuridad se abría llenando la calle de reflejos que se rompían en los muros salpicados de grafitis, en el asfalto o solo se diluían por agujeros. Por el cristal de la ventana solo se veía la lluvia cayendo y en el parque de enfrente una de las hamacas vacías de la plaza de juegos, se balanceaba empeñada en romper la cortina de agua. Un resplandor vago, oscuro, un aroma dulce lo envolvió y pidió wiski cuando pensaba tomar solo café. Poco pasó y la aguja del reloj indicó que tenía que seguir con su camino. Corrió al auto, y entró de un salto. –¡Satanás!, exclamó al dar arranque al motor y ver cómo desde la consola el reloj pasaba a primer plano, para mostrar la demora. El pie aumentó la presión sobre el pedal, esquivó charcos, y lo sorprendió algún corte apresurado del verde al rojo. Llegó a tiempo. Feliz, tomó a su hija en brazos. La carita pegada a su cuello olía a rosas. No entendió por qué pero esto quiso traer alguna cosa a su pensamiento, como otro olor. La metió en el automóvil en un par de zancadas protegiéndola del agua. La ruta pasaba y pasaba, entre tanto ellos hacían un campeonato de risas y cantos. Una urgencia lo abrazó de golpe y se adelantó en aquella curva. Dos focos, un par de ojos amarillos desbocados, salieron de la opacidad de la lluvia. Golpes, chirridos, cristales rotos y ese olor. Él impacto lo arrojó fuera. Quedó solo, nada más. Se paró en la mano opuesta y esperó. Cuando estaba ebrio solía pensar en la muerte como un salto hacia otro lugar. Un espacio entre el tiempo y el no tiempo en el que una y otra vez, aquello que negamos, vendría por nosotros como una eterna recurrencia. El auto que avanzaba a gran velocidad no pudo evitarlo. El golpe brutal lo arrojó fuera del pavimento. El hombre a estas alturas apenas un rejunte quejumbroso de huesos, reconoció el perfume y vio algo negro que le hablaba o creyó entender. En medio del estertor último preguntó en dirección a la sombra:

–¿Esto es real?

–De no serlo, no estaríamos aquí, –le respondió junto al oído, algo menos que en un susurro.

–¿Por qué?, –quiso saber, y exigió que hablara más fuerte.

–Para que este momento no se repita.

–¿Y el perfume?

–Para que ninguno de los dos olvide.

 

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