Dossier
 

Juan José Manauta está por cumplir noventa, y, según dice en entrevistas recientes, sigue escribiendo cuentos. Dos motivos para celebrar. Su producción cuentística es una de las más sólidas de nuestra literatura y aunque ha escrito novelas excelentes -sobre todo una, Las tierras blancas, al abordar su obra completa uno comprende que está ante un hombre del cuento, alguien que conoce y maneja como pocos los mecanismos sutiles y misteriosos que hacen a una buena historia breve.
Las tierras blancas es, sin dudas, un clásico contemporáneo, dice Abelardo Castillo; yo agregaría que varios de sus cuentos también, sólo que aún no han sido leídos como corresponde. Juan José asegura haberlos empezado a escribir después de los cuarenta años, y hoy se dedica a releer clásicos como Gorki, Sherwood Anderson o Chejov, para aprender de ellos.
El azar y mi vocación de buscador de tesoros literarios en librerías recónditas, decidieron regalarme a Manauta una tarde de invierno. Rara vez un libro me llama la atención por su tapa, pero ese primer plano de una cruz medio torcida, con un frasco de vidrio atado con alambre en el que resaltaba un ramo de flores de cardo, disparó mi memoria emotiva: cuántas veces, allá en Entre Ríos, había visto esas cruces en medio del campo o al costado de la ruta, y al preguntar a mis padres o a mis tíos a quién recordaban, la respuesta era siempre una historia que mutaba y se recreaba hasta volverse mito. El título del libro era El llevador de almas. El autor me sonaba conocido, aunque no estaba seguro; agarré el libro y vi que casualmente era entrerriano, de Gualeguay; busqué el índice y entonces supe que se trataba de un libro de cuentos; di vuelta la hoja y leí el primer párrafo del primer cuento: "Pasando Nogoyá hacia al sur…", decía. No necesité más. Lo compré y me tomé el colectivo hacia casa. Terminé el libro al día siguiente y de esa primera lectura quedó la marca de unas estrellitas hechas a lápiz al costado del título de los cuentos que más me gustaron: Bita, La viuda de Schwank, Tránsito, Charito y El tigre. Después lo releí completo, y, a partir de entonces, es un libro al que siempre vuelvo.
Manauta tiene una característica poco común dentro de la tradición argentina, una rareza: la sobriedad. Sobriedad, que, en su caso, es sinónimo de elegancia. En los libros de Juan José no encontraremos verbalismos, artificios ni juegos de palabras. Jamás abusa del lector. No buscará deslumbrarnos con la técnica novedosa o el giro inesperado, tan comunes en nuestra literatura. Es alguien que tiene algo que contar, y lo hace con palabras claras y precisas, que nos conducen a amores, tragedias y soledades sin exigirnos esfuerzos gratuitos. Nos deslumbraremos al llegar al final cuando tomemos conciencia del milagro a que hemos asistido, de la maravilla que ha logrado el maestro: hacer invisible el lenguaje. Arriesgo que quizá esta virtud tenga que ver con la influencia de ciertos escritores rusos, que Juan José asegura haber leído y estudiado. Chejov, por ejemplo, tampoco nos encontrará haciendo marquitas en sus frases. Lo memorable de sus cuentos no son los destellos sino el todo.
"Mi búsqueda de la palabra justa ha sido siempre ardua", afirma Juan José, y esa búsqueda no ha sido en vano. Sus historias nos atraviesan y al terminarlas no somos los mismos.
Hasta hace poco los libros de Manauta eran difíciles de conseguir, pero en 2007 la Universidad de Entre Ríos, en una excelente edición con fotografías y estudios críticos, publicó los Cuentos completos. Y el año pasado la editorial Capital Intelectual, en la colección "Los recobrados", bajo la dirección de Abelardo Castillo, reeditó Las tierras blancas. No se los pierdan.


Al Rescate de Manauta / por Mauricio Koch